Inmaculada de otra manera

Inmaculada bajó las escaleras como cada mañana: clara, limpia, impoluta como siempre. Se acercó hasta donde estaba y me besó en la mejilla. Inmaculada se piensa princesa a veces y decora nuestro palacio con tules, velos y telas de color oro. Le gusta sentarse sobre la mesa y fingir que es un trono desde donde controla todo.

Inmaculada es de constitución débil; nació enferma y, a pesar de que se recuperó de aquello, conserva cierta palidez en su piel que ella achaca a su sangre azul.

A Inmaculada le encanta el chocolate, siempre anda pidiéndolo y a veces tengo que negárselo: ella tuerce el morro y se da la vuelta airada murmurando algo como “estos sirvientes cada día son más indisciplinados…”.

Inmaculada disfruta mirando al mar; cada mañana se levanta y, tras besar mi mejilla, lo primero que hace es asomarse a la ventana. Ella dice que el mar es verde porque hay un bosque creciendo bajo el agua y que, con tanta humedad, nunca dejará de crecer, y un día habrá que saltar de árbol en árbol sobre el agua.

Inmaculada quiere ser viajera: dice que eso puede ser un oficio si lo piensas bien, porque se necesita a gente que conozca el mundo entero para que pueda enseñárselo a otros y guiarles hasta donde necesiten ir.

Inmaculada suele ver las cosas diferentes, pero para ella todo es obvio y evidente, porque no hay modo más sencillo de verlas. Y no es que tenga la inocencia de un niño, pues ya superó los 70, es que está aprendiendo a ver las cosas de otra manera…

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